Historias de aquí

Recuerdo a un ministro que, para minimizar el asunto del aceite de colza, alegaba algo así como que el daño lo producía un «bichito» que, si caía de la mesa, se mataba. Pero retrocedamos en el tiempo y veamos cómo era el comportamiento de algunos concejales de primeros de siglo.

REDACTOR: D. Enrique Cutillas Bernal ©

En 1898, el alcalde José Gadea Pro festejaba la histórica llegada de las aguas de Sax a la ciudad. Sin embargo, para 1905, el alcalde era Alfonso de Rojas, y José Gadea había sido nombrado inspector provincial de Sanidad. Ante las constantes acusaciones de la prensa por el mal estado del agua de las fuentes públicas, Gadea declaró públicamente su firme disposición a «disminuir la mortalidad y aumentar la salubridad de esta población».
El Ayuntamiento en pleno aplaudió la declaración. Sin embargo, la concordia duró poco. Bastó que Gadea avisara de que pensaba remitir dos muestras de agua —una de las fuentes públicas y otra de alguno de los pozos que tanto abundaban en la ciudad— «al laboratorio municipal de Madrid, o al de Alfonso XIII, que dirige el eminente Ramón y Cajal», para que gran parte de los concejales se negaran en redondo. Los ediles alegaban, como excusa formal, que un inspector provincial «no debía inmiscuirse en las facultades de la Comisión municipal de Sanidad».

Don José Gadea se mantuvo firme en su decisión de inspeccionar los depósitos de agua, la red de distribución, y las condiciones higiénicas en el «punto de captación y tubería». Su propuesta consistía en pedir a los laboratorios madrileños: «...la cantidad de bacterias o colonias contenidas en un centímetro cúbico de agua y, por tanto, las que corresponden al litro... y si se encuentra en ella el bacilo de Eberth (causante de la fiebre tifoidea), el coli-bacilus (E. coli), o algún otro patógeno».
El Cabildo municipal se oponía radicalmente a este proyecto. Incluso el concejal Guardiola llegó a acusar directamente al alcalde Rojas y al concejal Mendaro de mantener un criterio firme sobre las aguas de Sax, mientras criticaba que otros muchos concejales «han cambiado radicalmente de parecer» por intereses políticos.
El concejal Soler exigía un total respecto a las comisiones formadas en el seno del Ayuntamiento, afirmando que cualquier dictamen sobre la salubridad de las aguas debía ser efectuado exclusivamente por la Comisión Municipal de Sanidad. Esta reclamación debió de hacerle gracia al alcalde Alfonso de Rojas, quien le preguntó irónicamente si realmente existía tal comisión en el Ayuntamiento, ya que él, siendo el alcalde, «no tiene de ella noticia alguna».

El concejal Soler respondió que, en efecto, había una comisión encargada, aunque se reunía muy poco, y que él mismo era su presidente. Para dilatar el asunto, el tema de los análisis se desvió finalmente a la Comisión de Aguas en lugar de a la de Sanidad. El demoledor informe de Ramón y CajalLos meses pasaban sin que el Cabildo tomara una decisión definitiva. Sin embargo, Gadea continuó trabajando por su cuenta y, en marzo de 1906, anunció una moción sobre la salubridad del agua, argumentando que «pocos asuntos interesan más a los pueblos que los que se refieren a su salud».
En la siguiente sesión del Cabildo, Gadea presentó las pruebas irrefutables sobre el estado real del agua que consumía el pueblo de Alicante. Especificó que las muestras se habían tomado «no en el punto donde nacen, o sea, los Prados de Sax, sino cuando salen de los depósitos y llegan al consumo del vecindario».

El certificado emitido por el Instituto Alfonso XIII, dirigido por el mismísimo don Santiago Ramón y Cajal (quien precisamente ese mismo año de 1906 recibiría el Premio Nobel de Medicina), era demoledor: «...en cada centímetro cúbico de agua de la que surte a Alicante, existen doscientas treinta mil (230.000) colonias de bacterias». Ante este peligro sanitario, Gadea exigió que se obligara a la empresa concesionaria a colocar «los filtros de que habla su contrato».
Asimismo, propuso que una comisión especial —formada por el alcalde, el arquitecto municipal, el ingeniero Lafarga, las comisiones de Agua y Sanidad, y los inspectores médicos— realizara un reconocimiento exhaustivo de los pozos de Sax, los depósitos de Alicante y toda la red de tuberías.

La indignante oposición de los concejales que a pesar de la gravedad del informe de Ramón y Cajal, la respuesta de los concejales fue la evasión y la tacañería institucional:
El concejal Soler no aceptó la propuesta argumentando, insólitamente, que «la salud pública está garantizada en Alicante» y que consideraba inútil el gasto que supondría el viaje de inspección a los pozos de Sax. El concejal Vila se sumó a esta opinión, alegando con tacañería que no «debe hacerse más gastos en lo referente a las aguas, y si se hace alguno, que sea el último».
Para evitar la excusa del gasto público, Gadea propuso una alternativa: que cada uno de los miembros que viajase a Sax se abonara su propio billete. El inspector exigía solucionar urgentemente el problema porque, según sus palabras, «consentir lo que se consiente en el abastecimiento de aguas... es un delito de lesa patria».

Pese a la generosa oferta de Gadea, los concejales continuaron oponiéndose y buscaron ridículas maniobras de distracción, llegando a solicitar un informe al Colegio de Médicos para averiguar «si había aumentado la diabetes desde que bebemos agua de Sax». Al mismo tiempo, rogaron encarecidamente a la prensa que evitara publicar el asunto para «no crear alarma entre los vecinos».
Conclusión y verdadera causa de la insalubridadLo más grave e irónico de la situación es que la contaminación bacteriana masiva no se originaba en los manantiales de Sax, sino en la propia desidia del Ayuntamiento de Alicante. La red urbana contaba con trescientos y pico sifones que debían limpiarse, por protocolo sanitario, al menos cada dos días. Sin embargo, el consistorio llevaba más de cuatro meses sin realizar dicha limpieza alegando «falta de dinero».

El autor concluye con una exclamación de profunda indignación histórica:
«¡Qué Ayuntamiento!».

💡 Ampliación del contexto histórico
El problema crónico del agua en Alicante:
Históricamente, Alicante ha sido una ciudad con graves problemas de escasez hídrica. Hasta finales del siglo XIX, la población dependía de aljibes, pozos contaminados y del agua que traían los "aguadores" desde Mutxamel.
La llegada de las Aguas de Sax (1898):
Fue la primera gran obra de ingeniería hidráulica que trajo agua potable de calidad a Alicante desde el interior de la provincia (Sax), recorriendo unos 50 kilómetros de tuberías. Fue una obra privada de la Sociedad de Aguas de Alicante.
La paradoja de la distribución:
Como bien denuncia el artículo, el esfuerzo de traer agua limpia desde Sax se volvía inútil al entrar en la red de distribución de Alicante. Las tuberías viejas, los depósitos sin mantenimiento y los sifones obstruidos y llenos de materia orgánica convertían el agua pura en un caldo de cultivo bacteriano antes de llegar a las fuentes públicas, provocando brotes endémicos de tifus y cólera que el Ayuntamiento intentaba ocultar para no dañar el comercio ni el turismo inicial de la ciudad.

CREDITOS
PUBLICACION: Ni por el bien común
EDITOR: Información de Alicante
TEXTOS: Enrique Cutillas Bernal
Fotografías: IA/Información/Archivo Municipal/Sanchez/Soriano/Carratalá/Arjones/E.Bañon. etc.
SECCIÓN:Historias de Aquí
FECHA DE PUBLICACION:06/09/1998 | Copyright ©