“Hoy, cuando las cofradías y hermandades alicantinas preparan sus pasos con meses de antelación y las calles se llenan de visitantes venidos de fuera, conviene no olvidar que todo empezó con un silencio de arena, unos tranvías desviados y una madre que no dejaba cantar a su hijo en voz alta.”...
Queda atrás un año más de nuestra tradicional Semana Santa alicantina que, según las noticias que llegan hasta mi forzado claustro, ha tenido detalles espléndidos y deja el mensaje positivo de que se va a más en calidad y participación. Todo ello me lleva a recordar aquellas Semanas Santas de mi niñez, en las que se iniciaba y sembraba la semilla que hoy ha dado el fruto de brillantez que hemos disfrutado con la de este año 98.
Recuerdo a mi madre, como a tantas otras amigas suyas, vestidas en esos días de Semana Santa con enlutadas vestimentas de sedosos tejidos rematadas por peinetas y mantillas. Recuerdo aquellas visitas que llamábamos «estaciones», en las que llevaban entre los dedos largos rosarios de cuentas blancas y negros devocionarios.
Recuerdo el silencio que se adueñaba de las calles alicantinas porque «había muerto el Señor», un silencio que se reforzaba enarenando algunas calles céntricas para amortiguar, en lo posible, el ruido de las ruedas de los muchos carros que transitaban por la ciudad, ya que a los tranvías se les prohibía el paso por el centro. Así, cuando llegaban los vecinos del extrarradio a la plaza de toros —como ya en su día apunté—, el trole retornaba y volvían a sus puntos de origen. Los cines cerraban sus puertas y la radio, asimismo, suspendía sus emisiones habituales; más tarde, en los años treinta, se nos ofrecía música sinfónica en lugar de sus variadas emisiones.
A mí me dolía que llegara la Semana Santa, porque mi madre no me dejaba cantar en voz alta ni comer carne, ya que no teníamos dinero para pagar la bula correspondiente. Pero eso sí, asistía a las procesiones y ponía la mano por delante para recoger los muchos caramelos que los nazarenos repartían generosamente entre los niños y las amistades.
Fueron aquellas Semanas Santas de gran recogimiento, en las que el silencio imperaba y los carabineros iban y venían desde su cuartel hasta las garitas del puerto con la tercerola colgada boca abajo del hombro, como signo de respeto a Dios que está en los cielos. Semanas Santas que hoy se superan con mucho entusiasmo por parte de las entidades participantes, a las que me permito felicitar por su acendrado alicantinismo.
Hay ciudades que guardan su memoria en los edificios y otras que la guardan en los gestos repetidos de generación en generación. Alicante, en la Semana Santa de mediados del siglo XX, pertenecía a esta segunda estirpe; una ciudad que, durante unos días, se despojaba del ruido cotidiano para dejar paso a un silencio construido, casi artesanal.
No era un silencio espontáneo. Era un silencio con oficio; se enarenaban las calles céntricas para amortiguar el traqueteo de los carros, se apartaban los tranvías del recorrido habitual, los cines echaban el cierre y hasta la radio, ese invento todavía joven que empezaba a colarse en los hogares, cambiaba sus emisiones por música sinfónica. La ciudad entera se ponía de acuerdo, sin necesidad de bando ni de ordenanza explícita en cada casa, para que el luto colectivo tuviera un sonido propio; el de las pisadas amortiguadas y las campanas calladas.
En ese decorado se movían las mujeres de mantilla y peineta, con sus rosarios de cuentas blancas entre los dedos, recorriendo las «estaciones» —las visitas rituales a distintas iglesias— con un recogimiento que hoy cuesta imaginar en una sociedad acostumbrada al ruido constante. Eran gestos heredados, transmitidos de madres a hijas, que convertían la fe en coreografía silenciosa.
Para los niños de aquella época, la Semana Santa tenía un sabor agridulce. Por un lado, la prohibición; no se podía cantar en voz alta, no se podía comer carne salvo que la familia pudiera pagar la bula que lo permitía, un gesto que dejaba claro que la devoción, en muchos hogares, convivía con la estrechez económica. Por otro lado, la compensación: las procesiones ofrecían la oportunidad de estirar la mano y recoger los caramelos que los nazarenos repartían generosamente, un pequeño soborno dulce a la paciencia infantil ante tantas horas de recogimiento.
Esa mezcla de disciplina y ternura, de austeridad y pequeñas licencias, es quizá lo que mejor retrata el espíritu de aquellas fechas: una Semana Santa vivida desde dentro, no como espectáculo para el visitante, sino como ritual íntimo de la propia ciudad.
Otro detalle revela hasta qué punto el silencio y el respeto se convertían en gramática de gestos; los carabineros que iban y venían desde su cuartel hasta las garitas del puerto llevaban la tercerola —su arma reglamentaria— colgada boca abajo del hombro. Un gesto militar transformado en símbolo religioso, una forma de decir, sin palabras, que incluso la autoridad se inclinaba ante lo sagrado durante esos días.
Lo que hace especialmente valioso este tipo de testimonio es el contraste que establece entre pasado y presente. El autor no idealiza sin más los tiempos pasados; reconoce que la Semana Santa actual —la de finales de los noventa— ha ganado en brillantez, en participación y en calidad, fruto precisamente de aquella semilla sembrada en su niñez. No hay nostalgia amarga, sino gratitud: la conciencia de haber sido testigo del origen de algo que, con los años, se ha convertido en una celebración multitudinaria y cuidada, reconocida hoy como una de las señas de identidad de la ciudad.
Este tipo de relatos personales cumple una función que ningún archivo institucional puede sustituir; rescatan el detalle sensorial —el crujido de la arena bajo las ruedas, el sabor prohibido de la carne, el tacto de un caramelo recién recogido— que da vida a la historia local. Son los pequeños fragmentos de memoria individual los que, sumados, construyen el relato colectivo de cómo una tradición se transformó, generación tras generación, sin perder el hilo que la conecta con sus orígenes.
CREDITOS
TITULO PUBLICACION:
Arenas y mantillas sin tranvías.
EDITOR: Información de Alicante
REDACTOR-TEXTOS: Raúl Alvarez Antón
Fotografías: Ilustración realizada con GEMINI IA.
FUENTE DE LA PUBLICACION: informacion.com
FECHA DE PUBLICACION: 26 Abril, 1998 | Copyright ©
EDITOR: Información de Alicante
REDACTOR-TEXTOS: Raúl Alvarez Antón
Fotografías: Ilustración realizada con GEMINI IA.
FUENTE DE LA PUBLICACION: informacion.com
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