“La reina Isabel II visitó Alicante del 25 al 27 de mayo de 1858 para inaugurar la línea de ferrocarril Madrid-Alicante. Este viaje unió por primera vez la capital con un puerto marítimo. La monarca llegó en el tren real acompañada de su familia, y la visita sirvió para pedir el derribo de las murallas de la ciudad.”
A lo largo de la Edad Moderna, Alicante esperó en vano la visita de los Reyes de España. Cuentan las antiguas crónicas —aunque no hemos hallado documentación que lo pruebe fehacientemente— que Carlos I intentó llegar a Alicante, pero fue disuadido por los interesados consejos del duque de Maqueda.
En épocas posteriores, los alicantinos también aguardaron inútilmente la anunciada llegada de Isabel de Farnesio, cuyos planes cambiaron a última hora, privando al puerto alicantino de su recibimiento. No obstante, la suerte cambió en el siglo XIX: nuestros antepasados pudieron disfrutar de una histórica visita real cuando Isabel II decidió trasladarse a Alicante para inaugurar el nuevo camino de hierro (ferrocarril) que unía la Corte de Madrid con el mar Mediterráneo.
El 16 de abril de 1858, el Ayuntamiento de la ciudad recibía la confirmación oficial de que la reina arribaría el 13 de mayo. En esa misma sesión del Cabildo acordaron solicitar un préstamo de 50.000 reales para afrontar los cuantiosos gastos inmediatos.
A la semana siguiente, tomaron la decisión de alojar a la comitiva real en el propio edificio municipal, el cual debía ser acondicionado con cielos rasos y obras indispensables para adaptar las estancias que ocuparía Su Majestad. Dos días después, un oficio del gobierno provincial instaba al Ayuntamiento a preparar un recibimiento «todo lo decoroso y digno que corresponde a tan augusta señora».
Como primera medida, renovaron el vestuario de los funcionarios municipales: levita azul con cuello, carteras y solapa carmesí; pantalón del mismo paño con galón carmesí; sombrero de tres picos con guarnición carmesí y chupa adornada con los escudos de la ciudad. El 11 de mayo, el gobernador comunicó un cambio en el calendario: la reina finalmente llegaría el 25 de mayo y permanecería en la ciudad hasta el día 27.
Mobiliario de lujo y el crédito de José de Salamanca. Se nombró una comisión especial que se trasladó a Madrid para comprar el mobiliario y los aderezos necesarios para los aposentos reales y su séquito, dado que en Alicante no se disponía de enseres a la altura del evento.
Paralelamente, se constituyeron otras comisiones encargadas de los festejos, la remodelación de las calles, el abasto del mercado y la consecución del crédito. Al no encontrar en la capital muebles en alquiler o préstamo, los comisionados recurrieron al influyente banquero y empresario D. José de Salamanca.
Este no solo les facilitó los 50.000 reales iniciales, sino un crédito ilimitado para la adquisición de muebles, cortinajes y elementos decorativos. Además, envió a Alicante a sus propios tapiceros para dejar todo perfectamente instalado.
La familia real ocupó toda la planta principal del Ayuntamiento, completamente retapizada y reamueblada con la opulencia que exigía el protocolo real. Las calles céntricas se engalanaron e iluminaron para la ocasión.
El Paseo de la Reina lució una iluminación extraordinaria mediante multitud de vasos de colores que transformaron el espacio en un deslumbrante salón al aire libre, mientras que la Plaza de San Francisco se vistió con banderas entrelazadas y los escudos de España y Alicante.
En el Coliseo se programaron tres días de funciones de teatro, con palcos y salones finamente iluminados y decorados. Festejos y el gran endeudamiento público. En la Plaza del Mar se organizaron bailes tradicionales «al estilo del país», extendiéndose las festividades a diversos cuarteles de la ciudad.
La programación incluyó corridas de toros y espectáculos de pirotecnia contratados con polvoristas de Beniel y Villafranqueza, disparándose dos castillos de fuegos artificiales presupuestados en 4.000 y 2.000 reales respectivamente.
Además, durante este viaje, Isabel II se convirtió en la primera monarca en visitar el histórico Monasterio de Santa Faz. Tanto fasto provocó un desplome de las finanzas municipales. El Ayuntamiento tuvo que pedir autorización gubernamental para emitir un empréstito extraordinario de 300.000 reales, adicionales a los 50.000 ya gastados.
Para comprender la magnitud de la deuda, basta examinar las cuentas del consistorio en 1858:
- Ingresos ordinarios anuales: 131.540 reales
- Gastos ordinarios presupuestados: 581.681 reales
- Gasto extraordinario por el agasajo real: 350.000 reales
Para liquidar la abrumadora deuda generada por el agasajo a la reina y a su «corte de los milagros», la corporación municipal aprobó gravámenes sobre productos y servicios esenciales para la población alicantina: impuestos al consumo de harina y cereales, al cargamento de lastres, a los materiales de construcción y a los carruajes. Fue, en definitiva, un enorme sacrificio económico impuesto al pueblo alicantino a cambio de unos pocos días de boato y presencia real.
CREDITOS
TITULO: La Visita de Isabel II a Alicante (1858).
EDITOR: Información de Alicante
REDACTOR/TEXTOS: Enrique Cutillas Bernal
Fotografías: Generada IA - GEMINI ®
ORIGEN:https://informacion.com/
FECHA: Domingo, 17 de Mayo de 1998 | Copyright ©
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