En el colegio salesiano en el que estudiaba, como imagino que en muchos otros, una de las cosas que más cuidaban en nuestra educación era la caligrafía. Sí, la caligrafía; o sea, el intento de que, con mucha dedicación y esfuerzo, lográramos tener una buena letra. Para ello, casi diariamente dedicábamos un buen rato a escribir cuidadosamente en un cuaderno, tratando de que todas las letras de cada palabra estuvieran perfectamente perfiladas y, además, que estuvieran ligadas las unas a la otras, de modo que, cada una de ellas se escribiera de un solo trazo, o esa al menos era la intención.
Hasta aquí todo perfecto. De hecho, como tantos otros alumnos de vieja o no tan vieja escuela, hoy agradezco aquellos continuos ejercicios de caligrafía, que me han servido para presumir hoy día de una letra medianamente bonita e inteligible. El problema estaba en que, para escribir, había que utilizar unas plumillas de madera, que luego sustituiríamos por las de plástico, que había convenientemente que mojar a menudo en un tintero situado en la parte superior del pupitre.
Y claro, lo complicado era no solo pringarse las manos como si estuviéramos opositando a Avatar, sino conseguir que no cayera una sola gota en el cuaderno sobre el que estábamos escribiendo, lo que generalmente obligaba a repetir la caligrafía. ¡Y maldita la gracia que hacía! Y es que, por mucho que uno lo intentara, el manchón de tinta no había manera de quitarlo ni con aquellos papeles secantes que teníamos a nuestra disposición.
Conclusión, la idea era estupenda, pero la ejecución dejaba mucho que desear, habida cuenta de que aquello de que "la letra con tinta entra" acababa por convertirse en una tortura caligráfica, de consecuencias insospechadas.
ACTUALIZACIÓN
La idea de que el castigo corporal forma el carácter y fija los conocimientos viene de muy atrás. Ya en la Antigüedad clásica los maestros usaban la vara, y no faltaron voces críticas. El retórico romano Quintiliano, en el siglo I, defendía que el niño debía ser estimulado y no golpeado, porque el miedo vuelve torpes a los alumnos. Siglos después, humanistas como Erasmo y Juan Luis Vives también cuestionaron los métodos violentos. Aun así, el refrán sobrevivió con fuerza en la tradición española y se convirtió en justificación cotidiana de la severidad escolar.
En las escuelas tradicionales, sobre todo hasta bien entrado el siglo XX, el aula se organizaba en torno a la autoridad indiscutible del maestro. Las clases eran numerosas, con alumnos de edades mezcladas y pocos recursos. La enseñanza se basaba en la repetición.
Memorizar y recitar en voz alta la cartilla, el catecismo, las tablas de multiplicar, los ríos y las capitales, los reyes godos. Copiar y repetir las planas de caligrafía, dictados y cuentas.
Disciplina estricta y silencio, filas, manos a la espalda, levantarse al entrar el maestro.
Los castigos formaban parte del paisaje y la palmeta o la regla sobre las manos, los tirones de oreja, la vara, quedarse de rodilla, el famoso gorro de burro o el rincón de cara a la pared. En algunos lugares se recuerda también arrodillarse sobre granos de maíz o garbanzos. Muchos antiguos alumnos lo cuentan hoy con una mezcla de humor y amargura.
Ahora llega el gran debate. Los defensores del método decían que formaba personas disciplinadas y que los alumnos salían sabiendo leer, escribir y contar con soltura. Pero la propia lógica del dicho tiene un problema que es lo que se aprende por miedo suele asociarse a la ansiedad y al rechazo, y no al gusto por saber. Muchos niños aprendían a esquivar el castigo más que a comprender la lección. Y la disciplina basada en el miedo dejó huellas en la autoestima de generaciones enteras.
A partir del siglo XVIII y sobre todo del XIX, pensadores como Rousseau, Pestalozzi o Froebel defendieron una educación centrada en el niño. En España, la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos, impulsó una pedagogía basada en la observación, el diálogo y el respeto al alumno. Sus ideas tardaron mucho en generalizarse, y en la práctica el castigo físico persistió en muchos centros durante buena parte del siglo XX. Con la llegada de la democracia y el nuevo marco legal de protección a la infancia, el castigo corporal fue desapareciendo de las aulas y dejó de ser socialmente aceptable.
Hoy sabemos, gracias a la psicología y la pedagogía modernas, que se aprende mejor con motivación, curiosidad y un entorno seguro. "La letra con sangre entra" ha quedado como un recuerdo de lo que la escuela fue y como recordatorio de lo que no debe volver a ser. Se sigue usando, pero casi siempre en tono irónico, para hablar del esfuerzo y no del golpe.
Quizá la mejor lección del refrán sea esa que el aprendizaje exige trabajo, pero no necesita dolor.
EDITOR: Plusesmas | Un viaje por los recuerdos
REDACTOR-TEXTOS: Patricia Lopez, redactora de Plusesmas.com
PORTADA: Las propias de la publicación.
FUENTE DE LA PUBLICACION: https://www.plusesmas.com/nostalgia/queridos-recuerdos/colegio/la-letra-con-tinta-entra.html
CREADO|MODIFICADO: 28 de noviembre de 2014 10:35 | 14 de diciembre de 2016 18:29 | ©
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