Historias de aquí

Todos los pueblos han tenido conmemoraciones celebradas durante algunos años que luego pierden su vigencia hasta terminar en el olvido. Por eso señalo como «costumbre» perdida la muestra de agradecimiento que al menos durante medio siglo tributaba el pueblo de Alicante al gobernador Quijano.

REDACTOR: D. Enrique Cutillas Bernal ©

Desde el año siguiente a su muerte, el cabildo en pleno, clero, personalidades y pueblo en general rendían homenaje ante la tumba del difunto gobernador. En 1857 los restos de don Trino eran depositados en el mausoleo de la plaza de Santa Teresa, obra realizada por el escultor valenciano Antonio Marco, profesor de la Academia de San Carlos, y autor de trabajos como las estatuas del monumento levantado en Valencia a la memoria de don Juan Bta. Romero y de los grupos de la Piedad en Valencia y Jijona.

La pena sería que a la gente de San Antón no debía gustarles tener una tumba cerca de sus casas, porque el Ayuntamiento se vio obligado a colocar una «cerca en la plaza de Santa Teresa, donde se había colocado el Panteón... para que cese aquel recinto de ser una cloaca donde depositan la basura». El enrejado costó «2.014 escudos, 380 milésimas», abonando 500 reales el cabildo y el resto de los beneficios obtenidos de efectuar una corrida de becerros a beneficio del monumento, organizada por un grupo de jóvenes de la ciudad.

A partir de 1857 los actos del aniversario se oficializaron en su forma y modo. Por la mañana a las diez, celebraban una misa de Réquiem en la Colegial, encargándose el abad de la oración fúnebre. Por la tarde a las cinco se formaba una procesión cívica que marchaba hasta el Panteón: acudían autoridades, corporaciones, cuerpo consular, particulares y pueblo todo». Era obligada la presencia de los concejales «sin excusa ni pretextos».
Desde el primer año se estableció sortear seis dotes de matrimonio para jóvenes huérfanas, y limosnas de pan y arroz a los pobres. En 1869 en lugar de entregar arroz y pan, daban a cada alcalde de distrito... «40 escudos, para que los repartan entre los pobres vergonzantes».

En 1871 el Cabildo decidía que, como todo es poco para pagar el tributo de gratitud que merece el hombre que, lleno de abnegación, dio su vida por salvar a un pueblo, se gastaran sólo 250 pesetas en el homenaje y el resto de lo presupuestado entregado a las pobres nodrizas y empleados de la municipalidad que no cobraban sus haberes, debido a la penuria municipal. El Ayuntamiento justificaba el cambio en que don Trino «agradecería desde la morada donde se halla, porque vería con placer que redundaba en beneficio de los infelices».

En 1872 aparecieron disparidad de criterios. Algunos ediles pedían libertad para no acudir al acto. Por mayoría acordaban que, «siendo el Ayuntamiento quien invita al pueblo para este acto religioso» el cabildo todo, debía presidir los actos de la Colegial y el Panteón. Manuel Chápuli se opondría a «celebrar de fondos del municipio una función religiosa en la iglesia católica porque lo consideraba atentatorio a al Constitución del Estado que proclama la libertad de cultos y contrario al dogma democrático de la inviolabilidad de la conciencia». La mayoría decidió que se celebrara todo igual.

En 1873 seguía la costumbre y encargaban la oración fúnebre al presbítero José Baeza. El concejal «popular» Senante declaraba que, «en su sentir, el Ayuntamiento debía ser lógico y de celebrar este aniversario, conmemorara también el que la Iglesia dedica a Jesucristo». Pese a dimes y diretes la fiesta siguió con su costumbre.

En 1890 ésta se verá alterada al invitar el Cabildo a autoridades, corporaciones y demás personas sobresalientes «dejando sin convocar al pueblo todo». En 1891 invitaban «a los ayuntamientos de los pueblos de la provincia que recibieron beneficios de aquella celosa autoridad durante el cólera de 1854», grabando sus nombres en el monumento. El pueblo llano quedaba marginado por un Ayuntamiento rodeado de importantes personalidades, y fue el comienzo del declive.

Sólo seis años después, en 1897 el concejal Torrejón declaraba la «pena sentida el pasado miércoles al ver el deslucimiento de la manifestación cívica en honor del mártir de la caridad... cuya memoria es preciso conservar con religión y culto», y pedía cursar invitaciones a los ayuntamientos y autoridades de los pueblos que recorrió el heroico gobernador... «e iluminar el panteón la noche de ese día».
Los pueblos dejaron de acudir y el de Alicante se divorciaba de sus autoridades. Era el ocaso de una costumbre.

CREDITOS
PUBLICACION: Una costumbre olvidada
EDITOR: Información de Alicante
TEXTOS:Enrique Cutillas Bernal
Fotografías: IA/Información/Archivo Municipal/Sanchez/Soriano/Carratalá/Arjones/E.Bañon. etc.
SECCIÓN:Historias de Aquí
FECHA DE PUBLICACION:13/09/1998 | Copyright ©