En mis tiempos juveniles no conocía a Santa Claus ni el árbol de Navidad. Sólo hacía presencia en nuestras viviendas al llegar la Navidad el bonito y clásico belén que de mayor o menor tamaño siempre lucía en la Nochebuena de cada año y adorábamos durante los días de la Natividad del Señor. Mi abuelo era muy mañoso y me orientaba y ayudaba a hacer el belén de cada año.
El señor Tónico «el estanquero» me proveía de la madera de los cajones en que le servían el tabaco y mi vecina tendera, la señora Amanda me surtía de otra clase de madera más dura que era la de los cajones de botes de leche «La Lechera».
Sierras, martillos y clavos entraban en acción para hacer el esqueleto del belén que luego recubríamos con papel de estraza a remojo y engomado y también cartón para hacer los montes, cuevas y senderos sin olvidar trozos de vidrio para simular arroyos, ríos y lagos y también el algodón en rama con que a modo de nubes ribeteábamos la embocadura del belén.
Y allí al fondo y por los senderos, colocábamos las consabidas figuritas de la Virgen y San José, la mula y el buey y los infinitos borreguitos que comprábamos en los acreditados comercios de Casa Rico y Casa Parreño de la calle Mayor, este último y así festejábamos con ilusión el nacimiento de Jesucristo, epatando con disimulada vanidad a otros vecinos que alardeaban de belenes.

CREDITOS
REDACT@R: Raúl Álvarez Antón
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TITULO: Aquellos belenes | Copyright ©
SECCIÓN: RECORDAR ©
PUBLICADO EN: INFORMACION ©
FECHA DE PUBLICACION: 19/12/1999
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