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Cuando como ahora llega la Navidad, no puede uno por menos, que recordar aquellas otras Navidades que vivimos en nuestros primeros años. Pasada la fiesta de la Infantería, era cuando en casa empezaba a notarse la llegada de la Navidad. Mi madre repasaba el armario ropero de arriba a abajo y ella, o con la ayuda de la costurera de casa, emprendía el trabajo de alargar mangas y perneras a los trajes para menguar en lo posible, «lo crecido» durante el año y así quedaba nuestra ropa lista para vestirla en los días de Pascua, y si era preciso se recurría a la compra de alguna prenda para no perder esa tradición de estrenar por las Navidades. Y lo mismo sucedía con la revista a los zapatos que como no admitían alargamiento obligaba a la compra de nuevos zapatos en su mayoría de ese abrillantado charol que tanto tono daba a nuestros vestidos.

Ya el aspecto de la vestimenta resuelto era el jabón «Lagarto», la lejía «La Rana» y el «sidol» los ingredientes que cobraban el máximo protagonismo para realizar la limpieza general de nuestras casas de cara a las visitas que durante los días festivos próximos solían visitarnos y nuestras madres daban y que te daban al sidol para darle el dorado brillo a los varales metálicos de las cortinas y la dorada cerrajería de las puertas de las habitaciones. Todo tenía que estar limpio limpísimo para que nuestros visitantes comentaran tras su visita positivamente el aspecto de nuestras viviendas y en esos días ya se proyectaba la serie de menús que habíamos de cocinar para la Navidad y se recurría a la compra del consabido pavo que los vendedores que llamábamos «Recovecos» vendían en la calle en aquellas apaisadas jaulas de madera que exponían en la calle desde las espaldas del mercado de abastos y seguían por las calles Velázquez y Capitán Segarra a más de conejos y palomos que tentaban nuestra predisposición a comprar.

El menú navideño siempre ha sido una de las preocupaciones en los hogares alicantinos por estas fechas y no podía faltar la llamada «sopa cubierta» que era el plato que más se cocinaba y aquellos de economía mejorada echaban mano del pescado y marisco que siempre era un tanto tabú para los de la clase más humilde. Y así esperábamos las Navidades sin olvidar —en mi caso— a los maestros de mi colegio a los que mi madre obsequiaba siempre, llegadas las Navidades con preciosas —por lo grandes y sabrosas- ensaimadas que compraba en el horno de Pepito Ripoll ubicado próximo a San Nicolás. Eran ensaimadas de 30 centímetros de diámetro aproximadamente rellenas de cabello de ángel que a mis maestros del colegio de Campoamor «General Primo de Rivera» les gustaba en extremo por la alegría con que la recibían y tales ensaimadas gigantes le costaban a mi madre solamente un duro de plata cada una.

Y los maestros contentos.

Y así de actividad repleta mi casa hasta que llegaba la Nochebuena y la Navidad.

RaulAlvarezAnton

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REDACTOR:  Raúl Álvarez Antón

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SECCIÓN: RECORDAR ©

PUBLICADO EN: INFORMACION ©

FECHA DE PUBLICACION:  12/12/1999

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