El barquillero fue sin duda uno de los personajes de entre los variados «vendedores-ambulantes» habidos en nuestra ciudad que más simpatía gozara entre los chicos de mi edad.
Aparecía por las cuatro esquinas vociferando... «el barquilleroooo», y en cuanto llegaba a donde él percibía que había clientela, descargaba su enorme barquillera metálica que portaba al hombro calle por calle y plaza por plaza, la depositaba en el suelo e inmediatamente todos los niños formábamos un corro en torno a ella.
Como en su tapa superior había una especie de aspas que giraban a modo de ruleta tras pagar la cuota establecida por el vendedor dábamos empuje a la ruleta y esperábamos el número que nos tocaba, que bien podía ser uno, dos o tres, según la suerte que a cada uno le amparaba.
Mala cara ponía el barquillero si nos tocaban tres barquillos, pero el juego era el juego y había de darnos lo ganado: aquellos barquillos hechos con obleas de harina que crujían dulcemente en cuanto les hincábamos el diente.
Mientras comíamos barquillos seguíamos jugando a la ruleta si nuestra economía particular e infantil de entonces nos lo permitía y en cuanto cesaba de moverse la ruleta, el barquillero como buen comerciante que era, daba por finiquitada su estancia allí.
Cargaba de nuevo el enorme cesto metálico al hombro y voceando de nuevo «el barquileroo» emprendía el camino a la busca de otra área comercial infantil sin estrenar y así un día y otro, casi a la misma hora, recibíamos y despedíamos al barquillero con ilusión infantil, y que nos servía, en algunas ocasiones, para una divertida merienda.

CREDITOS
REDACTOR: Raúl Álvarez Antón
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TITULO: El personaje del barquillero | Copyright ©
SECCIÓN: RECORDAR Copyright ©
PUBLICADO EN: INFORMACION © | 05/09/1999 | Copyright ©
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