El 1 de diciembre de 1822, el cabildo alicantino de signo absolutista acordaba que el Paseo de la Reina recuperara para la monarquía el espacio urbano usurpado por Quiroga. Este enclave, que había sido rebautizado y utilizado como símbolo de las libertades constitucionales durante el Trienio Liberal (1820-1823) bajo la influencia de figuras como el general Antonio Quiroga, volvió a convertirse en un tablero de reafirmación borbónica con la inminente restauración de Fernando VII. La purga ideológica del callejero no fue solo nominal; exigía una remodelación física que borrara el carácter asambleario y popular del periodo anterior para dar paso a un espacio de orden, paseo y distinción aristocrática.

En 1829, el gobernador militar de la ciudad, Don Joaquín de Iriberri, asumió el desafío de transformar lo que hasta entonces era una zona periférica y expuesta a los rigores del clima marítimo. Iriberri mejoró notablemente las condiciones del Paseo de la Reina mediante la plantación sistemática de álamos —que proporcionaban una cotizada sombra en los meses estivales—, la colocación de bancos de piedra labrada y la construcción de una fuente centralizada junto a una elegante glorieta arbolada.

Estas reformas no fueron casuales; formaban parte de una corriente ilustrada tardía y de los primeros balbuceos del urbanismo higienista decimonónico. Al dotar a la glorieta de una fuente monumental, no solo se embellecía el entorno, sino que se creaba un punto de frescor que invitaba al estacionamiento y a la conversación, mostrando el firme interés de las autoridades por configurarlo como el principal espacio de recreo, socialización y festejos de la burguesía y milicia alicantinas.

Y es que desde 1830, momento en que el paseo estuvo completamente terminado y sus accesos regulados, se convirtió de inmediato en el lugar preferido para la celebración de verbenas, que hasta ese momento habían sido actividades extraordinarias, ligadas casi en exclusiva a festividades religiosas muy concretas. La sociedad alicantina adoptó el espacio con entusiasmo. Así comenzaron a celebrarse dos veces por semana las célebres veladas musicales en dicho lugar, amenizadas habitualmente por la banda militar de la guarnición de la plaza o por agrupaciones locales.

El Paseo de la Reina se erigió como el termómetro social de Alicante, un "salón urbano" donde ver y ser visto, donde las modas arquitectónicas y de vestimenta se lucían bajo la luz de los primeros faroles. Esta arraigada costumbre pervivió con fuerza durante la mayor parte del siglo, resistiendo incluso los vaivenes políticos que más tarde cambiarían el nombre del paseo por el de "Paseo de la Constitución" o "Paseo de Alfonso XII".

Ocaso, Traslado y Nacimiento de un Nuevo Eje Marítimo, el crecimiento demográfico de Alicante y la paulatina demolición de las murallas que encorsetaban la ciudad hacia el mar alteraron la geografía del ocio local. En el último tercio del siglo XIX, la glorieta empezó a perder su hegemonía frente a los nuevos proyectos de fachadas marítimas, mucho más amplios y abiertos a la brisa del Mediterráneo.

Fue así puesto que en 1887 las funciones institucionales, los conciertos y el bullicio de las verbenas se trasladarían definitivamente al Paseo de los Mártires (germen de la actual Explanada de España). Aunque la vieja Glorieta de la Reina cedió su protagonismo festivo, su fisonomía —marcada por sus característicos pilares de entrada, verjas y la frescura de su fuente— quedó grabada en la memoria gráfica de la ciudad como el primer gran intento de dotar a Alicante de un espacio público moderno, sofisticado y dedicado plenamente al esparcimiento de sus ciudadanos.

CREDITOS
PUBLICACION: Glorieta y Fuente Del Paseo De La Reina
EDITOR: Jose Salva Soler
TEXTOS: Jose Salva Soler con ampliación por parte de la IA.
Fotografías: IA/Información/Archivo Municipal/Sanchez/Soriano/Carratalá/Arjones/E.Bañon. etc.
FUENTE:Facebook
FECHA DE PUBLICACION:24/08/2020 | Copyright ©