Aquel día vi gente correr. Más no vi llover (como diría ahora la canción), vi gente correr y yo también corrí porque la cosa no era para menos. Quienes transitábamos por el entorno de la Fábrica de Tabacos y la calle Sevilla corríamos al conjuro de unas voces que gritaban: «Que viene el toro», y claro, uno, aunque joven entonces, pero sin valor suficiente para ser torero y sin capa ni muleta, no tenía más opción que unirme a ese correr de la gente.
Pero pronto paré, reflexioné y «pensat y fet»: me fui corriendo a guarecerme en la iglesia de la Misericordia y a poco estaba junto al altar mayor elevando mis plegarias para que todo acabara en bien para mí y para todos aquellos del correr por las calles.
Y me enteré de que la cosa fue porque a un carrero que conducía tres novillos desde la estación de Murcia hasta el matadero municipal —que estaba entonces al final de la playa del Postiguet- se le soltó un novillo del dogal que lo sujetaba al varal justo a la altura de lo que hoy es Plaza del Mar. El toro emprendió su veloz carrera de huida por el paseo de Gómiz; llegó hasta la playa; y se adentró en el agua dando el consiguiente susto a los bañistas.
Luego enfiló la carretera de Silla y se adentró a lo loco por terrenos de las Carolinas, llegando a las espaldas del Hospital Provincial. Luego prosiguió su camino repasando las calles del entorno de la Fábrica de Tabacos; enfiló Benito Pérez Galdós y recaló en las ruinas de las Escuelas Salesianas para, tras recibir un tiro de un guardia urbano que a bordo de un coche le iba persiguiendo largo rato, no se amilanó por ello el novillo.
Volvió a emprender la huida por la avenida de Salamanca y al llegar al cruce con la carretera de Ocaña dos guardias de seguridad la emprendieron a tiros con él hasta que lo mataron apreciándosele según cuentan las crónicas hasta 23 disparos.
Lógico es pensar el pánico que despertó el tal novillo a su paso por las calles y sólo se registró la muerte de Cristóbal Tortilloll, de 80 años de edad, quien vivía en la calle La Gloria número 4 y que sufrió la fractura del cuello del fémur izquierdo. La víctima se dedicaba a la venta de rifas callejeras y recibió otras lesiones más como consecuencia de la voltereta que le propinó el morlaco.
Por ello, como digo, murió varios días después.
También se registraron las lesiones en los brazos de varias personas y de un niño de 13 años como consecuencia de caídas y volteretas propinadas por el toro desbandado. A poco todo se normalizó y la gente comentaba con cachondeo sus pinitos como toreros al galope, en aquel verano del año treinta y cuatro.

CREDITOS
REDACTOR: Raúl Álvarez Antón
PORTADA: www.informacion.es ©
TITULO: Un toro desbandado | Copyright ©
SECCIÓN: RECORDAR ©
PUBLICADO EN: INFORMACION ©
FECHA DE PUBLICACION: 17/10/1999
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